Payo Obispo-Chetumal: Los emisarios de la nueva conquista y la fundación de Chetumal en la coyuntura de la guerra genocida (segunda parte)

Por Gilberto Avilez Tax

La historiografía chetumaleña del Territorio de Quintana Roo (los textos primeros de Carlos Hoy y Juan Álvarez Coral) han tratado de una forma distinta a dos porfirianos, que igual le hicieron la guerra a los mayas de Santa Cruz: mientras que desde el primer momento erigieron estatuas de bronce, aclamaron y compusieron ditirambos y crónicas románticas a Othón Pompeyo Blanco, hasta el punto de bautizar el municipio capitalino con el nombre de ese marino porfiriano que un día limpió unas hectáreas de selva feraz en la desembocadura mexicana del Hondo para fundar Payo Obispo-Chetumal; por el otro lado, a Ignacio Bravo, también porfiriano, no lo dejaron de nombrar desde el primer momento como “el carnicero”, “el chacal”, “el Torquemada de Quintana Roo”.

Bravo tal vez intuyó que no iba a pasar la centuria, y aunque bautizó por sus soberanas polainas a Santa Cruz como Santa Cruz de Bravo, en la actual geografía de Quintana Roo, no hay ni un pueblo, ni un municipio, que lleve su nombre: Bravo es el mata-indios, es el porfiriano despiadado que había enviado la esfinge Tuxtepecana para derrotar, de una buena vez por todas, a los “díscolos” mayas rebeldes. Mientras que a don Othón, cada infante quintanarroense le rinde honra en sus libros de texto de historia, y en el Museo de la Ciudad de Chetumal está su «guerrera» y hasta su quepí de marino, y varias escuelas primarias y secundarias llevan su nombre. Es uno de los padres fundantes del último girón de la patria, aunque en su lugar de origen, Ciudad Victoria, Tamaulipas, es casi desconocido.

¿Quién fue Othón Pompeyo Blanco? Ciñéndonos a la brevedad, apuntemos que fue un marino porfiriano que llegó al grado de almirante y participó en la «pacificación» de los mayas rebeldes del oriente de la Península, cubriendo la frontera del Hondo y fundando el pueblito de caña brava y mata palo de Payo Obispo, en un lugar llamado Cayo Obispo, o algo por el estilo.

Cuando el Huertismo, intentona fallida de restauración del antiguo régimen racista y explotador porfiriano había caído, Othón Pompeyo Blanco, tamaulipeco nacido en 1868, fue uno de los firmantes de los Tratados de Teoloyucan de 1914, representando al gobierno del usurpador Huerta. ¡Valiente padre tutelar tuvieron los antiguos payoobispenses: un Huertista porfiriano!

Habría que analizar muy bien sus acciones de guerra contra los mayas rebeldes. ¿Fueron tersas, no cometió delitos de guerra que lesionaran las razones de la civilización, como nos lo han hecho creer sus hagiógrafos? No lo sé, sería cuestión de, como diría el clásico, indagar a las fuentes existentes: periodísticas, militares, civiles.

Pero esta cuestión no lo formulará un buen vecino de buena madera de Chetumal, pues desde los tiempos primeros de una historia referida de generación en generación, está mal visto cuestionar la historia tersa y oficial de la ciudad de los curvatos: a los «héroes fundadores», no se les cuestiona nada, y no osen bajarlos de sus pedestales.

Anterior a la conquista del santuario de los mayas, el presidente Díaz había mandado a varios emisarios suyos a sondear la región de la costa oriental de Yucatán, con el fin de establecer las acciones a realizar para la “pacificación” futura. Fue así como se sucedieron las opiniones del obispo coadjutor de Yucatán, Crescencio Carrillo y Ancona, del 30 de marzo de 1886; los informes de 1887 del ex gobernador de Yucatán, Octavio Rosado; así como los informes del Ingeniero militar Enrique Sardaneta, del 25 de julio de 1888.[1] El informe de Sardaneta, escrito al hacer el cabotaje de la costa de la Península y llegando a Belice en el vapor Libertad -esta embarcación oficial fue pintada por Sardaneta para pasar desapercibida-, es interesante porque reúne las características actuales de una política intersecretarial,[2] así como sería un antecedente del plan de acción militar que se llevaría a cabo a partir de octubre de 1899. Además de señalar la estrategia militar de poner 4,800 militares cubriendo la bahía de Chetumal (1,700 soldados), la costa cercana a Tulum (con 1,200 soldados), Valladolid (con 1,200 soldados) y Peto (con 700 soldados), Sardaneta señaló a Díaz que urgía establecer los tratados de límites con Belice, dictar leyes agrarias que garantizaran la inmediata restitución de tierras “que en justicia pertenecen a los indios… [es decir] disposiciones análogas a las que se dictaron para los ríos Yaqui y Mayo”,[3] y que se creara una flotilla de embarcaciones de bajo calado para que, al amparo de los cañoneros Zaragoza e Independencia, de la incipiente Marina nacional, se penetrara en la bahía de Chetumal para patrullar el Río Hondo a Boca Bacalar Chico y así evitar, en la medida de lo posible, el contrabando de armas.[4]

Casi todo esto se hizo en el proceso de la “conquista” del santuario rebelde: antes de que mandara a sus ejércitos, Díaz dictó disposiciones agrarias de “reconocimiento” y dotación de tierras a los de Santa Cruz en español y lengua maya;[5] el Pontón Chetumal, remolcado desde los astilleros de Nueva Orleans de la casa Zuvich por el vapor Stamford hasta Campeche, donde Blanco esperaba, y de ahí remolcado hasta Progreso por el vapor “Ibero”; arribaría el 22 de enero de 1898 en las riberas sureñas del oriente peninsular donde desemboca el Río Hondo, trayendo una tripulación de 13 hombres dirigidos por el teniente 2º, Othón Pompeyo Blanco, y a los pocos días, un desmonte de la selva cercana a la playa en la bahía de Chetumal, marcaría la fundación de la ciudad de Payo Obispo el 5 de mayo de 1898. Sin embargo, hay que apuntar que Payo Obispo estaría deshabitada los siguientes dos años, y los elementos de gobierno venidos con Othón Pompeyo Blanco optaron por vivir en campamentos como Sombrerete o Zaragoza, y en el propio pontón Chetumal. Sólo hasta el año de 1901 se comenzó el desmonte pleno de Payo Obispo y el repartimiento de los primeros lotes, para la llegada de los primeros habitantes.[6]

El Pontón Chetumal, era una barcaza “gorda, rechoncha, con un solo mástil que sostenía una cofa mal armada para la vigía y tenía el puente protegido por un baluarte, cañoneras y una ametralladora”,[7] serviría como aduana flotante y nave artillada para repeler posibles ataques de los mayas rebeldes[8]: es decir, contrario de lo que nos quieren hacer entender cierta narrativa heroica del fundador de Chetumal (su “pacifismo patriarcal” frente a la barbarie de Ignacio Bravo[9]), lo cierto es que el Pontón representaba un frente de guerra flotante, el vigía y el heraldo de una guerra, de otra guerra contra los “indios bárbaros” que comandaría desde la lejana México don Porfirio, y que se haría por todos los flancos de su territorio maya: mar, tierra, diplomacia, fronteras, aduanas, telégrafos, ferrocarriles y fundaciones como la ciudad de Chetumal (crecida dándole la espalda a la selva interior, repleta de mayas insumisos) y repoblamiento de antiguas ciudades como la de Bacalar, en un sostenido oleaje de colonización –sobre todo, de colonización mestiza- que abarcaría la centuria completa del nuevo siglo que comenzaba, y que inició con el mismo Othón P. Blanco, al ir a buscar, a como diera lugar, a los descendientes de aquellos yucatecos refugiados en los cantones del norte de Honduras Británica, para repartirlos los primeros lotes en un punto al que los indios nombraban como “Cayo Obispo”.

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Payo Obispo-Chetumal: Los emisarios de la nueva conquista y la fundación de Chetumal en la coyuntura de la guerra genocida (segunda parte) 2

Fotografía segunda: casaca militar de Othón P. Blanco. Museo de la Ciudad de Chetumal.

El Pontón venido desde el puerto de Belice y remolcado por el vapor Stamford, anclaría a las tres y media de la tarde del 22 de enero de 1898, y de inmediato, “el comandante Blanco y sus valientes compañeros sin desatender el tráfico, trabajaron intensamente en el desmonte y limpia de la porción del bosque que se encontraba inmediato al Pontón, dejando una cortina de árboles de diez metros hacia la playa, para evitar que quienes traficaban por los alrededores se dieran cuenta de los trabajos, así como para repeler, en caso necesario, un posible ataque por parte de los indios rebeldes”.[10] Una flotilla de 20 embarcaciones pequeñas, operarían posteriormente a lo largo de la bahía de Chetumal y el Río Hondo.[11]

El significado de estos desmontes a la selva feraz, marcarían el inicio de la antigua Payo Obispo, una ciudad que tuvo su origen por una guerra que comenzaba para acabar otra guerra: la guerra de pacificación del General Díaz, para poner punto final, de una vez para siempre, a la ya mítica y lejana Guerra de Castas. Ahora no sería más que una serie de batallas sin importancia en los caminos que se abrirían con las huestes de Bravo, un repliegue agónico y feroz de los últimos combatientes de Santa Cruz en los montes abstrusos, mimetizándose en ellos cuando los momentos más duros, y una ocupación militar de la selva en puntos estratégicos (Chetumal como importancia estratégica para controlar el contrabando de armas, que no así de otros ultramarinos) que perduraría más de cincuenta años, así como el hacer del antiguo santuario maya la nueva capital momentánea de esta parte selvática del oriente peninsular.


[1] Macías Richard, 1997: 49.

[2] Macías Richard, 1997: 32-38.

[3] Macías Richard, 1997: 37.

[4] Macías Richard, 1997: 37.

[5] La respuesta de los cruzoob a las ofertas de tierra –es decir, de las tierras mismas de los cruzoob– hechas por Díaz, fue la de que “no entendieron las ofertas de terrenos que se hacen a cada cabeza de familia” (Wilhelm, 1997: 86). Aparte de que la visión maya de la tierra –el sistema itinerante de la milpa que imposibilita dividir el terreno en lotes pequeños- iba en contra de las visiones occidentales de propiedad privada, se puede entender ese “no entendimiento” de las ofertas de Díaz, así como las concesiones de terrenos de la territorialidad rebelde hecha por el gobierno mexicano, con las palabras siguientes del general León Pat y otros comandantes rebeldes: “¿Para qué quieren los mexicanos nuestro territorio? Estamos contentos con nuestros pequeños hogares y nuestro bosque. Ellos tienen sus buenas casas y ciudades. ¿Por qué…nos molestan?” (Dumond, 2005: 604).

[6] Sánchez y Toscano, 1918: 21.

[7] Reed, 1971: 231.

[8] Bautista Pérez, 1992: 766.

[9] Esta es la impronta que surge al leer los textos periodísticos de la década de 1930, de Gabriel Menéndez.

[10] Gabriel Menéndez (1936). Álbum monográfico de Quintana Roo.

[11] “Teatro de la campaña de pacificación”. El Eco del Comercio, 14 de mayo de 1901.

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