Francisco J. Rosado May
La generación Z tiene gran presencia en el mundo. Jugó un papel relevante en la reelección de Lula en Brasil, en el cambio de gobierno en Serbia, tendrá un gran peso en las próximas elecciones en Estados Unidos, y la lista sigue.
El tema de las manifestaciones de la generación Z ha recibido bastante atención. Por ejemplo, los autores Chenoweth y Cebul recién publicaron un artículo en el Journal of Democracy (https://www.journalofdemocracy.org/articles/why-gen-z-is-rising/) coincidiendo con analistas: las protestas se deben a la precariedad económica en la que viven, en su exclusión en tomas de decisiones y por la corrupción en el gobierno.
Varios países viven una situación muy complicada. ¿Cómo atender las demandas sociales cuando la economía ni es boyante, ni se vislumbra mejoría? Se forma un círculo vicioso, no hay crecimiento económico porque no hay gente preparada para el desarrollo. Imaginemos los sentimientos de quienes han logrado un grado universitario pero que en la vida real encuentran que no tienen la formación ni herramientas que exige un mercado laboral competitivo. Terminan haciendo lo que pueden y como pueden para salir adelante; situación nada, pero nada fácil. Por supuesto que se va gestando un sentimiento antisistema que se expresa en manifestaciones y eventualmente en gobiernos derrocados. Los programas sociales necesitan forzosamente de una economía boyante.
La anterior descripción suele ser la acumulación de situaciones micro que a menudo pasan desapercibidas. Van ejemplos en educación superior que pueden o no ser considerados hipotéticos, malas prácticas que en muchos casos se normalizan sin reparar en el daño que ocasionan a la sociedad y al país.
Profesores que forman grupos de chat con una aplicación que usan para efectos de su trabajo académico. ¿Es correcto usar un número y teléfonos privados para ello? Lo mismo sucede entre grupos de trabajos de profesores. Se hace con el fin de facilitar la labor, pero de hecho hay un subsidio personal, privado, para sostener el trabajo.
Profesores que ni siquiera preguntan, menos consensan, el contenido de un programa de algún curso. Peor cuando se hace ante estudiantes indígenas porque se viola el principio del consentimiento libre, previo e informado.
Imaginemos a un grupo de trabajo de una institución encargado de velar por la calidad de un programa de posgrado, reuniéndose para cambiar una calificación reprobatoria establecida por un profesor a quien ni siquiera se le pidió información ni se informó de la reunión. ¿Cuántas veces lo han hecho? No hay otro calificativo que corrupción, abuso de sus funciones, y otros posibles delitos que ameritan investigación de oficio y, por supuesto, sanciones. Lo contrario fomenta la impunidad y, sobre todo, abona a crear condiciones que podrían desembocar en la situación que la generación Z está diciendo a viva voz: ¡no más simulación en mi preparación para el mundo laboral, no más corrupción, no más condiciones de vida inaceptables!
En carreras como tecnologías de información los cambios sustanciales se estiman en ciclos de entre 3 y 5 años, ¿qué pasa si no hay actualizaciones y adaptaciones en los planes y programas de una carrera profesional con la velocidad que demanda el mundo laboral? Se estarían formando profesionistas obsoletos. Esto es solo un ejemplo, lo mismo aplica para muchas otras carreras.
Hay que cambiar o ¿esperar que la generación Z se manifieste en nuestro entorno cercano?
Es cuanto.










