Por Sergio Caballero
Este domingo, Morena fue escenario de los espectáculos más deprimentes de la accidentada, sufrida y sinuosa democracia quintanarroense.
Ayer venció el plazo para el registro a las coordinaciones municipales de la Defensa de la Transformación, que en buen castellano son para las candidaturas a las 11 presidencias municipales de Quintana Roo.
Como si se tratara del bolo de un bautizo o de la volcadura de un tráiler cargado de cervezas, decenas y hasta centenas de morenistas se abalanzaron para ser el próximo presidente municipal de su localidad.
Da verdadera ternura la enorme y tumultuosa vocación de servir al pueblo bueno y sabio dentro de las siglas de Morena.
Hay de todos sabores y colores: algunos fundadores, otros no tanto y no pocos impresentables con pasados políticos atroces, que poco tienen que ver con los llamados principios del movimiento. Pero de lo que se trata es de registrarse y, luego, podría pasar cualquier cosa.
Claro, ser candidato de Morena es casi asegurar un boleto de primera, segunda o tercera clase. Para muchos, sobre todo para este cardumen de aspirantes, es como comprar un billete con premio asegurado.
No se trata solo de penosos actos de voracidad y oportunismo, sino también de una falta de respeto al pueblo quintanarroense. ¿Cuántos de esta turba de políticos tienen la capacidad de estar al frente de un gobierno municipal?
Y en medio de esta euforia, la realidad supera los apetitos de poder y gloria.
No nos hagamos bolas: la elección de los coordinadores y/o candidatos municipales de Morena depende de arreglos cupulares, de los de arriba, de los machuchones.
Desde ahora, se podrían adelantar los nombres de casi seguros candidatos, como Jorge Portilla, en Tulum; Elda Xix, en Chetumal; Renán Sánchez Tajonar, en Cozumel, o Pablo Bustamante, en Cancún.
¿Para qué tanto brinco, estando el suelo tan parejo?
La ambición, perdón, la esperanza muere al último.
* Colaboración esta mañana en “Buenos días con Arturo Medina”










