De la lenta y progresiva ocupación inglesa a tierras beliceñas que fueron al principio parte de Yucatán

Por Gilberto Avilez Tax

Las tierras de lo que actualmente es Belice, eran al principio parte de la jurisdicción de la Capitanía General de Yucatán, y de la Intendencia General de Yucatán (1787-1821). Inglaterra, mediante sus perros de caza en el Caribe americano (los piratas) llevó a cabo una lenta pero progresiva invasión y ocupación de esas tierras, ricas en palo de tinte y maderas preciosas, mediante tratados de ocupación (tratados de 1783 y 1876, por ejemplo), más no de soberanía entre la corona española y la inglesa.

A partir del siglo XIX, los invasores ingleses retomarían la causa soberanista invocando falsas conquistas como la batalla de cayo San Jorge (1798), pero fue con la Guerra de Castas –su duración de ella se debió a los intereses ingleses por las tierras más allá del norte del Hondo- y los tratados de límites de la pérfida Albión con el Dictador Díaz, que dieron como consecuencia la pérdida para Yucatán y México de las tierras beliceñas.[1]

Sin embargo, hay que decir, que, a pesar de esto, en los distritos del norte de Belice (propiamente, Corozal y Orange Walk) existe una fuerte presencia de mayas y mestizos yucatecos, herederos de aquellos refugiados de Bacalar y de otros lugares, cuando la Guerra de Castas.

Hay que decir, que lo que hoy es actualmente la provincia de Yucatán, abarcaba una buena extensión de tierras durante el tiempo de la colonia[2]: el norte de la península (el actual Yucatán) que casi siempre fue ocupado, la costa de la bahía de Campeche y la provincia de Bacalar (zona sureste de la Península), con colindancias en la Bahía del Espíritu Santo y el Hondo, donde se extendía hasta Belice. Sin embargo, hay que apuntar que la región de Bacalar, siempre fue difícil y reacia a la ocupación y colonización por las tribus indias rebeldes de esa palustre región sur-oriental, siempre dispuestas para levantarse en armas, es así que el control hispano colonial de esa zona fue harto frágil, lo que posibilitó la penetración inglesa a esa zona desde mediados del siglo XVIII, el Siglo de las luces.

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Mapa 1. Mapa de la Península de Yucatán. Fuente: Domingo Fajardo. Copia realizada por Domingo Lazcano, 1827, en AHGE, caja 10, número 17, LE 873.

En ese periodo, durante las primeras décadas del siglo XVIII, más allá al sur del Rio Hondo, con su base permanente en Jamaica, comenzaron a llegar “piratas y madereros ingleses” conocidos como baymen, llevando negros esclavos y zambos mosquitos para primer explotar el tan ansiado palo de tinte para los europeos, y después para el corte de la caoba. Al saber esto, durante todo el siglo XVIII los españoles, desde la altiva Mérida, intentaron recuperar ese territorio que entraba a la jurisdicción yucateca. Los yucatecos aún debemos recordar la gesta del año 1723 de la memorable hazaña militar del Gobernador de Yucatán, el Mariscal de campo y capitán general, don Antonio de Figueroa y Silva, que con soldados yucatecos defendió al “Gran Yucatán” de los piratas de la joven Walix (Belice) hasta el punto de llegar por tierra a las guaridas y aduares de los bucaneros, pasando brechas inhóspitas, selvas vírgenes y pantanos intransitables, para defender los territorios yucatecos de la Corona española.[3] En esa coyuntura, apuntemos que en 1727 las fuerzas españolas de Yucatán recuperaron las fortalezas de Bacalar, para poner un coto a los ingleses y mayas rebeldes de la región.

Caso y Fernández (2015)[4], cuyo texto seguiremos a continuación, apuntan que, en 1756, el gobernador y capitán general de Yucatán, Melchor de Navarrete, oyó la declaración de dos fugitivos ingleses del río Walix (Belice), quienes manifestaron “la intención de Inglaterra” de “apropiarse de aquel terreno [Belice] y radicarse en él perpetuamente, fortificándole, extendiéndole y haciéndole formidable”.

Los siguientes tratados de años posteriores que establecieron la corona española y la inglesa, para nada contemplaba ocupación definitiva y la consecuente colonización inglesa de los territorios de Walix. Ni el Tratado de París que dio fin a la Guerra de Siete años entre Inglaterra, Francia y España (las dos últimas, unidas) de 1763, ni el convenio de 1783 entre Inglaterra y España, y tampoco el convenio de 1786 entre estas dos últimas naciones, le daban el derecho a Inglaterra para crear infraestructura urbana y militar a Inglaterra, más que la simple explotación del palo de tinte y maderas preciosas.

El último tratado, de 1786, con el cual Inglaterra extiende sus concesiones forestales entre el río Wallis y Sibum, decía claramente, en sus puntos 9 y 14, algo que significaría a la larga, un parteaguas para la viabilidad de la Península de Yucatán, 61 años después. Dejemos que Caso y Fernández apunten al respecto: “En el nuevo tratado, en los puntos 9 y 14, claramente se prohibía el contrabando de armas y su venta a los indígenas que habitaban la región, la cual tenía  un carácter profético, que vislumbraba lo que sucedería sesenta y un años después durante la Guerra de Castas”.[5]

Las intenciones claras de Inglaterra de ocupar el territorio cruzoob, siempre estuvieron presentes en esa suerte de colonialismo económico, militar (la venta de armas a los cruzoob) y hasta cultural (el amor embelesado de los cruzoob a la Reina Victoria y las banderitas inglesas que hasta bien entrado el siglo XX se veían en los pueblos “rebeldes”) que Inglaterra tuvo con los cruzoob. Díaz, el dictador, a cambio de esto, de controlar la zona indígena, con los execrables tratados Mariscal- St. John Spencer cedió Belice y las razones históricas y jurídicas que bien pudo argumentar para expulsar a los ingleses del territorio que perteneció al Gran Yucatán y a la nación mexicana.

Recordemos que las negociaciones para delimitar la frontera con Belice habían comenzado cuando el gobierno de Díaz reanudó relaciones diplomáticas con el gobierno de Inglaterra en 1884, tendiente a llegar a un acuerdo respecto a la deuda mexicana con ese país.[6] El tratado de límites entre Inglaterra y México, conocido como Mariscal-St. John, fue fijado el 8 de julio de 1893, ratificándose en 1897, y esto sería el preludio de un aislamiento bélico de Chan Santa Cruz por parte de su antigua distribuidora de armas y pólvora, y desencadenaría una serie de movimientos militares a ras de tierra y mar, del Ejército y la incipiente Marina porfiriana. Mientras que los británicos salieron de la mesa de negociaciones con un reconocimiento tácito de su soberanía sobre Belice, y unas fronteras muy generosas, el artículo 2º de ese tratado estipulaba que Gran Bretaña cooperase para combatir el tráfico de armas que desde Belice llegaban a los cruzoob. También se acordó que el Ministerio Británico de Asuntos Exteriores proporcionaría a México información, apoyo y mayor presencia naval durante la campaña militar que se iniciaría.[7]

Wells y Joseph apuntan que, según documentos de la Oficina de Archivo Coloniales, “los británicos participaron activamente en la planeación y la dirección de la campaña [de “pacificación a los cruzoob] y se hicieron cargo de que los cruzoob no encontrasen asilo fácil en Belice”.[8] Al firmarse los tratados de límites entre México e Inglaterra en 1893, los comerciantes de Belice fueron reacios al principio, pensando que se les perdería el mercado de las armas que tenían con Santa Cruz, y la colonia del norte de Belice –yucatecos en su mayoría- tenía el temor de una incursión de estos últimos. Pero conforme el tiempo fue pasando y no hubo una invasión, la situación se fue tranquilizando, y los comerciantes beliceños –yucatecos e ingleses- vieron que con una presencia del Estado mexicano en la región que controlaban los de Santa Cruz, habría una estabilidad mucho mayor, así como la ampliación del mercado al penetrar México en la región.[9] Al final de esa larga gesta autonómica iniciada en 1847, los cruzoob se habían quedado literalmente solos, ya que los anhelos de “paz” para repartir mejor el botín forestal de su territorio defendido, habían permeado tanto en México como en Belice, pues unos, instigados por las oligarquías regionales y nacionales, querían traer para sí el rico territorio de los mayas rebeldes, y otros, los ingleses, deseaban concluir los “tratos comerciales irregulares” con los hijos de la Cruz Parlante.[10]

Más de 130 años después de aquel tratado entre Díaz y la corona inglesa, en distritos al norte de Belice aún perduran tradiciones yucatecas y mayas yucatecas, como consecuencia de esa larga Guerra de Castas que azuzaron los invasores ingleses. Y en Chetumal y sus pueblos del Hondo, está muy presente la influencia cultural, gastronómica y hasta filial, de la gente de la parte sureña del Hondo.

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Mapa 2. Plano de los ríos de Valiz, Nuevo y Hondo situado entre el Golfo Dulce o Provincia de Guatemala y la de Yucatán. Versalles, 3 de septiembre de 1783, en AGI.


[1] Para más de esta historia apretada, véase mi texto sobre los “piratas de Belice”, de febrero de 2024, en la liga siguiente: https://caribepeninsular.mx/piratas-de-belice-o-guerra-de-castas/

[2] Es decir, lo que podríamos nombrar con el concepto apuntado por el Dr. Arturo Taracena, como “el Gran Yucatán”.

[3] Véase mi texto, “piratas de Belice”.

[4] Laura Caso Barrera y Mario Fernández (2015). “De antiguos territorios coloniales a nuevas fronteras republicanas: la Guerra de Castas y los límites del suroeste  de México, 1821-1893”. Hist. Crit. No. 59 · Enero – marzo · Pp 81-100 · ISSN 0121-1617 · eISSN 1900-6152 doi: dx.doi.org/10.7440/histcrit59.2016.05

[5] Laura Caso Barrera y Mario Fernández (2015). “De antiguos territorios coloniales a nuevas fronteras republicanas: la Guerra de Castas y los límites del suroeste  de México, 1821-1893”. Hist. Crit. No. 59 · Enero – marzo · Pp 81-100 · ISSN 0121-1617 · eISSN 1900-6152 doi: dx.doi.org/10.7440/histcrit59.2016.05

[6] Lapointe, Marie (1997). Los mayas rebeldes de Yucatán, Mérida, Maldonado editores, pp. 206, 207.

[7] Wells, Allen, y Gilbert M. Joseph (2011). Verano del descontento, épocas de trastorno: élites políticas e insurgencia rural en Yucatán, 1876- 1915, México, Mérida, UADY, p. 86.

[8] Wells, Allen, y Gilbert M. Joseph (2011). Verano del descontento, épocas de trastorno: élites políticas e insurgencia rural en Yucatán, 1876- 1915, México, Mérida, UADY, p. 86

[9] Vallarta Vélez, Luz del Carmen (2001).  Los payoobispenses. Identidad, población y cultura en la frontera México-Belice, México, Conacyt- UQROO, p. 346.

[10] Macías Richard, Carlos (1997).  Nueva frontera mexicana. Milicia, burocracia y ocupación territorial en Quintana Roo (1902-1927), México, UQROO-Conacyt, p. 49.

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