Cuauhtémoc Abarca revive, 40 años después, la pesadilla del sismo de 1985 y el colapso del edificio Nuevo León en Tlatelolco. Un desastre que no solo evidenció fallas estructurales, sino una profunda corrupción y negligencia gubernamental que marcó a la sociedad mexicana.
El estruendo y el silencio: Un 19 de septiembre que marcó la vida
Han transcurrido 40 años desde aquel sismo que devastó la Ciudad de México el 19 de septiembre de 1985. Cuauhtémoc Abarca, testigo directo, recuerda el inmenso silencio que siguió al estruendo provocado por el colapso del edificio Nuevo León. «Un silencio total que no puedo precisar qué duración tendría porque el tiempo en esos momentos se vuelve elástico. Todo se ve en cámara lenta», describe. Ese silencio fue brutalmente roto por los gritos de los sobrevivientes, clamando ayuda para salir de la inmensa mole de concreto.
La tragedia en Tlatelolco, y en especial en el edificio Nuevo León, se erigió como uno de los episodios más dramáticos en toda la ciudad. Cuatro décadas después, el número exacto de muertos sigue siendo una incógnita. Las cifras oficiales, consideradas cuestionadas, sentenciaron poco más de 3 mil decesos, mientras estimaciones independientes reportaron más de diez mil fallecimientos, y hay quienes aseguran que fueron más de 30 mil.
Para Abarca, quien fuera uno de los principales dirigentes de la Coordinadora Única de Damnificados, hay una certeza inquebrantable: «a 40 años hay una deuda pendiente porque nunca se hizo justicia. Hubo edificios que se cayeron no por problemas técnicos sino por problemas de corrupción. El caso del edificio Nuevo León es el ejemplo. Era un edificio que no debería haberse caído y se cayó por la negligencia de la autoridad».
Tlatelolco: De modelo habitacional a epicentro de la tragedia
En plena crisis económica, provocada por la instauración de las políticas neoliberales de Miguel de la Madrid, las dimensiones del desastre evidenciaron una política autoritaria del viejo régimen, rebasada por la inconformidad social ante la inoperancia gubernamental. Se hicieron patentes prácticas de corrupción que agudizaron la tragedia, sin que hubiera justicia ni deslinde pleno de responsabilidades, según valora Abarca. «Fue un parteaguas social porque hasta antes del terremoto de 1985 esa expresión genérica de sociedad civil no tenía rostro y a partir de las experiencias de 1985 adquirió rostro, identidad», resume. «Entonces, vivimos dos terremotos, el movimiento telúrico, provocado por las placas tectónicas y el terremoto político provocado por las autoridades en contra de los vecinos que en vez de tomar como lo que éramos, damnificados, nos tomaron como enemigos. Críticos del gobierno».
Un sueño de desarrollo gestado en los cincuenta
Hacia finales de la década de los cincuenta, bajo el gobierno de Adolfo López Mateos, se concibió la construcción de la Unidad Tlatelolco en la zona conocida entonces como los tugurios de la ciudad, que rodeaban el área de operaciones ferroviarias. Diseñada por el arquitecto Mario Pani, este proyecto modelo de desarrollo habitacional se construyó con inversión pública y financiamiento estadounidense, en el marco de la denominada Alianza para el Progreso. Esta iniciativa fue creada por Estados Unidos para demostrar opciones de desarrollo social que contrastaran con la vía revolucionaria inaugurada en Cuba.
«Fue creada para contener la influencia de la revolución cubana. Ellos diseñaron una política que llamaron la revolución en la paz. Y financiaron varios proyectos que pudieran demostrar que se podrían alcanzar cambios importantes sin necesidad de revoluciones sociales», recuerda Abarca. Sin embargo, concebida como un modelo de unidad habitacional que incluía escuelas desde primaria hasta bachillerato y comercios para satisfacer las diversas demandas de la población, se conformó mediante un esquema donde la gente no compraba un departamento, sino un certificado de participación inmobiliaria no amortizable que le daba derecho a habitar.
«Fue un proyecto bien pensado en cuanto a que aquí teníamos todo lo necesario para una vida autosuficiente sin necesidad de ir a otras partes. Todo se adquiría en Tlatelolco», resume Abarca, aunque matiza: el modelo de administración de la unidad pronto se convertiría en un foco de confrontación entre residentes y la administración gubernamental.
La génesis de un conflicto: Administración y deterioro
Este complejo sistema de administración, con el tiempo, evidenció ser contraproducente para los residentes, convirtiéndose en un factor que los confrontó con la administración gubernamental. Al paso de los años, motivó diferencias cuando el gobierno pugnó por deshacerse de sus responsabilidades administrativas. Una política gubernamental orientada a modificar el régimen de Tlatelolco y la exigencia de los residentes para que asumieran sus obligaciones de mantenimiento confrontó a las partes.
Los sismos de 1979 y 1981, que provocaron daños principalmente al edificio Nuevo León, fueron el preámbulo de lo que sucedería en 1985. Desde el principio de la década, ante las evidentes muestras de deterioro en el inmueble, el reclamo de quienes lo habitaban derivó en el reconocimiento oficial de que se requería una intervención mayor.
Tiempo antes de que se registrara el sismo, se emitió un dictamen sobre la situación del Nuevo León que reconocía que el módulo central y el norte tenían muy poco espacio entre sí. «Me llamó la atención», cuenta Abarca, «un párrafo que decía que en el caso de que ocurriera un sismo con componente longitudinal importante corría el riesgo de derrumbe, textual». De tal manera que, cuando vino el terremoto de 1985, el movimiento de la tierra generó el movimiento de las estructuras, y estos dos módulos no tenían espacio que amortiguara el movimiento. A partir de los reportes técnicos, se empezó a intervenir en el módulo norte del Nuevo León, el cual fue deshabitado en 1980 y 1981 para obras de nivelación, y en 1982 fue rehabilitado. Sin embargo, los vecinos regresaron pero se dieron cuenta de que las inclinaciones no se habían corregido, contrariamente a lo prometido. Era el vaticinio de una tragedia que se pudo evitar. Irónicamente, recuerda Abarca, en octubre de 1985 se reanudarían obras de renivelación, pero solo quedó en proyecto.
La caída del Nuevo León: Un testimonio en cámara lenta
«El 19 de septiembre yo me encontraba en este jardín», narra Abarca, «a un costado de donde se encuentra el reloj de piedra construido como homenaje a las víctimas que marca las 7:19, en donde estuvo el Nuevo León». Hacía escaso mes y medio que habían llegado a un acuerdo con la Aseguradora Mexicana SA sobre el pago de daños del terremoto anterior de 1981. Su primer pensamiento fue: otro temblor. Abarca era presidente del edificio Yucatán (contiguo al Nuevo León) y dirigente del Frente de Residentes de Tlatelolco.
«Nos sorprendió la duración del terremoto porque normalmente son de 15 o 20 segundos y ese ya llevaba como dos minutos y no paraba. Volteé al Nuevo León y fue una imagen como de pesadilla porque parecía una maqueta gigante aplastada por una mano invisible porque se estaba comprimiendo varios pisos. Y entonces fue cuando se rompió la estructura y cayó hacia Reforma. El módulo norte y el módulo central, y se estaba levantando una nube de polvo y se produjo un silencio total».
Conformado por tres módulos que en conjunto tenían 288 departamentos, a los que se sumaban los cuartos de azotea, en su mayoría ocupados, en 1985 en el Nuevo León residían 393 familias. La sacudida provocó el derrumbe de los módulos norte y central. Doce mil toneladas se vinieron abajo en dos minutos. «Yo estaba viendo el Nuevo León que caía, seguramente estaba cayendo como cuando se tira una piedra a la velocidad de la piedra que cae, pero yo lo veía como en cámara lenta, como si estuviera viendo una pantalla gigantesca viendo un espectáculo de ciencia ficción. No podía creer que era cierto lo que estaba viendo. No puede ser cierto que se cayó esa mole tan inmensa que era el Nuevo León. Pero el silencio se rompió con los gritos de los sobrevivientes. En ese momento dejé de pensar si era cierto o no».
Fue una mañana frenética. Gritos de auxilio en medio de una gran polvareda. Conforme pasaba el tiempo, comenzó a llegar la gente a auxiliar para afrontar la compleja tarea de rescatar sobrevivientes sin equipos especiales ni ayuda de las autoridades, que para entonces estaban rebasadas por la magnitud del siniestro que derruyó centenares de edificios y casas por toda la ciudad.
«Primero sacamos tres niñas y un niño que estaba cubierto por escombros con un problema de down. Sacamos a las niñas primero y luego pidieron que sacáramos a su hermanito. Mi pensamiento era: hay que hacerlo pronto para rescatar a otros, se seguían oyendo los gritos. Se seguían oyendo otros sobrevivientes». En otro caso, una mujer de unos 50 años y otra de 75, madre e hija, se encontraban en los límites entre los módulos. «Y cuando llegué a donde estaban, me dice la mamá, por favor, saque a mi hija, y la hija, por favor, saque a la mamá. Es un momento muy difícil». Un caso muy doloroso para Abarca fue el de un vecino que estaba en la puerta de su departamento tratando de salir cuando el edificio se derrumbó y quedó prensada la mitad de su cuerpo por la puerta y toneladas de escombros. «Cuando llegamos a donde estaba no teníamos la fuerza para mover la puerta». Como estaba prensado, se requería un gato para removerla. Un amigo fue por él hasta su carro, mientras Abarca se quedó con el vecino. «Le di las manos al vecino para tratar de infundirle ánimo, hablaba con él: ahora que llegue con el gato vamos a poder mover esta puerta para rescatar, y él me decía que no, siento que me estoy muriendo. No diga eso, le dije. Aguante un poco, y en ese diálogo estábamos cuando me soltó la mano. Falleció».
Tlatelolco era un caos. La ausencia total de ayuda oficial durante las primeras horas debió ser sustituida por los esfuerzos improvisados de la gente, cuyos gritos pidiendo ayuda y ambulancias se perdieron en el vacío. Las puertas de los departamentos colapsados se habilitaron como camillas para sacar a los heridos, y la sede del DIF en las inmediaciones del Nuevo León se habilitó como una morgue improvisada. «En ese momento no se sabía que la tragedia no era solamente en el Nuevo León sino que era mucho más grande, en toda la ciudad», apunta Abarca. Convertido en una figura icónica del terremoto, en el edificio Nuevo León quedaron sepultadas 472 personas que la Coordinadora de Residentes de Tlatelolco pudo registrar con nombre y apellido. Muchos más cuerpos nunca se recuperaron y se fueron junto con toda la remoción de escombros.
Más allá de los escombros: El despertar de la sociedad civil
Apenas pasada la emergencia, las difíciles condiciones que surgieron de la tragedia, la inacción gubernamental y la escasa respuesta a las demandas inmediatas alentaron una acelerada organización social. Con los antecedentes de la disputa por la administración y el mantenimiento de la unidad, se gestó el Frente de Residentes de Tlatelolco, por lo que los damnificados en esta zona se convirtieron rápidamente en vanguardia de la lucha popular.
Muy pronto, narra Abarca, se fueron acercando las personas afectadas de la Guerrero, la Morelos, el Centro Histórico, la Roma, y se fue gestando un movimiento más amplio con la exigencia de justicia, deslinde de responsabilidades, atención a la emergencia y apoyo a los damnificados. «Logramos desarrollar un movimiento social con la fuerza suficiente para darle un giro de 180 grados a la política oficial con la cual se pretendía dar respuesta a la problemática del gobierno, porque la política del gobierno era arrojar a la gente a la periferia. Y desarraigarlas y expulsarlas del Centro Histórico para dárselas al capital inmobiliario».
Se ofrecían opciones habitacionales en Huehuetoca, Cuautitlán y otras zonas en la periferia de la ciudad, lo que equivalía a la expulsión de la gente de las zonas céntricas. El gobierno expidió decretos expropiatorios con ostensibles errores; sus opciones no daban respuesta a los reclamos de arraigo de la gente en los lugares donde residían. Al tiempo que el PRI buscaba de manera oportunista montarse en el movimiento, muy rápidamente fue rebasado por la inconformidad y el repudio social. El sismo fue el antecedente de lo que al paso de los años se confirmó: el PRI fue erradicado como fuerza política en la capital. «Logramos tener un movimiento social triunfal, porque antes los movimientos sociales se caracterizaban por la represión, ya encarcelaron o mataron a tantos, y nuestro movimiento social fue triunfante que pudo dialogar de tú a tú con el presidente y con el gabinete y pudo mayormente ganar el movimiento y lograr la atención en los términos que pedíamos excepto en el tema de la justicia».
A 40 años del sismo de 1985, la memoria del Nuevo León y la lucha de sus sobrevivientes resuenan como un eco potente de la corrupción que cobró vidas y del poder transformador de una sociedad que, ante la tragedia, encontró su voz. ¿Cuánto hemos aprendido realmente de las lecciones de impunidad y negligencia que aún persisten?









