En la Zona Maya de Felipe Carrillo Puerto, donde la selva respira lento y el sol cae con fuerza sobre la tierra roja, hay historias que no suelen contarse en voz alta.
Hace años, la pitahaya no solo crecía en los solares: también sostenía sueños. Ocho mujeres mayas encontraron en ese fruto una forma de llevar dinero a casa, de aportar, de demostrar que el conocimiento heredado también puede abrir puertas. Así nació “Pitahí”, un colectivo que convirtió la dulzura de la fruta en mermeladas que cruzaron caminos hasta llegar a hoteles de la Riviera Maya.
Pero la vida, como la tierra, a veces se quiebra. La inundación de 2018 no solo arrasó cultivos, también arrastró certezas. Luego la pandemia de COVID-19 cerró hoteles, apagó pedidos y dejó frascos vacíos…
Durante un tiempo, todo se pausó. Pero hace ocho meses, sin apoyos, sin programas ni respaldo del gobierno, las mujeres de “Pitahí” decidieron volver. Con lo poco que tenían retomaron la producción. Volvieron a cortar fruta, a encender fogones, a llenar frascos. A confiar.
Hoy, sus manos ya no solo trabajan pitahaya. También transforman papaya, piña, nopal. Diversifican, prueban, se adaptan. Porque entendieron que resistir también es aprender a cambiar.
No ha sido fácil. Vender sin respaldo es tocar puertas que muchas veces no se abren. Es reinvertir cada peso, es apostar sin certeza. Pero ellas siguen.
Hace poco, encontraron un pequeño espacio en la zona arqueológica de Muyil. Ahí colocan sus productos junto a miel, bordados y artesanías de otras mujeres. No es solo un punto de venta sino que es un acto de presencia.
Las mujeres de “Pitahí” no hablan de éxito en grandes palabras. Hablan de seguir. De no rendirse. De sostenerse unas a otras.









