Diputados y líderes políticos de la Unión Europea (UE), particularmente en Alemania, no descartan un boicot a la Copa del Mundo 2026, organizada en gran parte por Estados Unidos. Esta postura surge como respuesta directa a las amenazas del mandatario estadounidense, Donald Trump, de apoderarse de Groenlandia y de imponer aranceles más altos a la UE, lo que podría desencadenar una guerra comercial a gran escala.
Las voces políticas que piden un boicot desde Europa
El debate sobre la participación europea en el torneo, previsto para dentro de seis meses, se ha intensificado en Berlín desde el 21 de enero de 2026. Figuras políticas influyentes han usado medios de comunicación importantes para plantear posibles escenarios de rechazo o anulación.
Propuestas de acción: La cancelación como último recurso
Roderich Kiesewetter, el influyente diputado conservador, fue claro al manifestar su escepticismo sobre la asistencia europea. Declaró al diario Augsburger Allgemeine:
> “Si Donald Trump lleva a cabo sus amenazas y desencadena una guerra comercial con la Unión Europea (UE), me cuesta imaginar que países del continente participen en la Copa del Mundo”.
Otros legisladores han ido incluso más allá de la mera no participación. Jürgen Hardt, portavoz de su grupo en política exterior y legislador de la CDU (Unión Demócrata Cristiana), sugirió al diario Bild la “cancelación del torneo” como un “último recurso para hacer entrar en razón al presidente Trump”.
Como parte de la búsqueda de una “respuesta unida” de Europa, el diputado socialdemócrata (SPD) Sebastian Roloff mencionó al diario económico Handelsblatt la posibilidad de “considerar renunciar a la participación en la Copa del Mundo”.
La postura oficial de Berlín: La autonomía de la DFB
A pesar de la presión política ejercida por los diputados, el gobierno alemán ha mantenido una postura de respeto absoluto a la autonomía de las entidades deportivas para tomar decisiones. La secretaria de Estado de Deportes, Christiane Schenderlein, abordó el tema en un comentario enviado por correo electrónico a la AFP, señalando que la decisión no le compete al gobierno federal.
Schenderlein puntualizó que:
> “Esta evaluación corresponde a las federaciones implicadas, en este caso la DFB y la FIFA. El gobierno federal acatará esta valoración.”
Además, reiteró el principio de separación: “Las decisiones relativas a la participación en grandes eventos deportivos o a su boicot competen exclusivamente a las federaciones deportivas responsables, y no al mundo político”.
Cabe recordar que la selección alemana, que ha sido cuatro veces campeona del mundo, no ha faltado a un Mundial desde la inmediata posguerra (1950).
El factor Trump: Groenlandia, aranceles y la FIFA
Las hostilidades de Donald Trump, que han provocado esta discusión sobre el boicot, giran en torno a dos ejes principales: la amenaza de apoderarse de Groenlandia y el aumento de los aranceles contra los estados europeos que se opongan a ese plan territorial.
La cercanía entre Trump y Gianni Infantino
Un elemento que complejiza la situación es la relación del presidente estadounidense con Gianni Infantino, titular de la FIFA. El mandatario muestra una gran cercanía con Infantino, quien, en diciembre, le entregó un recién creado Premio de la Paz de la FIFA durante el sorteo del Mundial.
La opinión pública alemana: Casi la mitad aprueba el boicot
Los ciudadanos alemanes reflejan la tensión política y diplomática. Una encuesta realizada por el instituto Insa para Bild, que consultó a mil personas el jueves y el viernes, reveló datos contundentes sobre la percepción del posible boicot en caso de escalada:
- Aprobación: Casi la mitad de los alemanes (47 por ciento) aprobaría un boicot al Mundial en caso de la anexión efectiva de Groenlandia por parte de Washington.
- Oposición: Más de una tercera parte (35 por ciento) se seguiría oponiendo a la medida.
Mientras la política alemana traza una línea divisoria entre las hostilidades diplomáticas de la Casa Blanca y la cancha de juego, la DFB y la FIFA quedan en el centro de una decisión extremadamente delicada. La presión social es clara: ¿Puede el deporte realmente mantenerse al margen cuando las amenazas comerciales y territoriales escalan a nivel de guerra, o se verá obligado el futbol, una vez más, a actuar como el termómetro de la geopolítica global? El plazo es de seis meses para definir si el balón rodará o si el conflicto político se llevará por delante a la Copa 2026.









