La transición hacia el fenómeno de El Niño comenzará oficialmente entre junio y agosto de 2026, tras finalizar la fase de La Niña en abril. Existe un 62% de probabilidad de que este calentamiento se fortalezca hacia finales de año, alterando drásticamente las temperaturas globales y los regímenes de lluvia.
El adiós de La Niña y el inicio de la tregua climática
El panorama atmosférico actual revela que el fenómeno de La Niña ha iniciado un proceso de debilitamiento definitivo. Los registros térmicos en el Pacífico ecuatorial muestran una tendencia de normalización, lo que marca el fin de un ciclo de enfriamiento prolongado. De acuerdo con las proyecciones vigentes, esta fase de transición, conocida como ENSO-neutral, se establecerá durante el mes de abril.
Los indicadores sugieren que existe un 55% de probabilidad de que estas condiciones neutras, donde no predomina ni el frío ni el calor extremo en el océano, se mantengan estables durante el trimestre comprendido entre mayo y julio. Este periodo funcionará como un puente meteorológico antes de que las dinámicas de calentamiento tomen el control del termostato global.
El retorno del calor extremo durante el verano
La vigilancia climática se centra ahora en una advertencia clara emitida por los organismos internacionales: el calor acumulado bajo la superficie marina está ascendiendo. Este movimiento de masas de agua cálida es el precursor del fenómeno de El Niño, cuya llegada se estima para la ventana temporal de junio a agosto de 2026.
La posibilidad de que este evento se desarrolle y gane intensidad hacia el cierre del año es del 62%. Aunque todavía es prematuro determinar su magnitud exacta, modelos de predicción avanzados, como el europeo ECMWF, ya plantean un escenario inquietante. Se estima una probabilidad del 22% de que el mundo enfrente un «Súper El Niño», una variante de intensidad excepcional que suele empujar las temperaturas globales hacia récords históricos y desajustes atmosféricos severos.
Transformación de los patrones de lluvia y tormentas
La instauración de El Niño durante la segunda mitad de 2026 provocará una reorganización de los sistemas de presión y humedad a nivel planetario. Este cambio de mando climático tiene consecuencias directas en la formación de fenómenos ciclónicos y la distribución de las precipitaciones en distintas latitudes.
- Comportamiento de los huracanes: Se prevé que el Atlántico y el Caribe experimenten una reducción en la frecuencia de tormentas debido a vientos cortantes que impiden su desarrollo. En contraste, el océano Pacífico suele mostrar una actividad mucho más agresiva y frecuente bajo estas condiciones térmicas.
- Alteraciones en el Cono Sur: En regiones como Argentina y Uruguay, la tendencia se inclina hacia un incremento notable en las lluvias, lo que eleva el riesgo de saturación de suelos e inundaciones en zonas vulnerables.
- Sequía en el cinturón tropical: Centroamérica y el norte de Sudamérica enfrentan un riesgo crítico de periodos secos prolongados. Esta falta de agua impacta directamente en la seguridad alimentaria por la afectación a cultivos y reduce la capacidad de las centrales hidroeléctricas para generar energía.
Repercusiones directas en el territorio mexicano y regional
El impacto de este ciclo cálido no será uniforme, creando contrastes marcados dependiendo de la geografía. Para el norte de México y el sur de Estados Unidos, la influencia de El Niño suele traducirse en inviernos considerablemente más húmedos y con mayor carga de nieve o lluvia, lo que podría aliviar parcialmente el estrés hídrico acumulado en esas zonas.
Sin embargo, el resto del país y las regiones agrícolas deben prepararse para un entorno de calor persistente. El 2026 se perfila para ser uno de los años más calurosos registrados, sumando el efecto del calentamiento global a la energía liberada por el océano Pacífico. Esta realidad obliga a una revisión inmediata de los planes de gestión de agua y las estrategias de siembra para la segunda mitad del año, ya que la disponibilidad de recursos hídricos será el factor determinante para la estabilidad económica y ambiental.









