La perseverancia y velocidad de un equipo de mujeres rarámuris ha abierto un nuevo panorama en el deporte. El conjunto Mukí Sematí, conocido por su resistencia, ha obtenido una histórica medalla de plata en el baloncesto femenil de los Juegos Maestros Indígenas, marcando un parteaguas para la inclusión de esta población en nuevas disciplinas.
Un triunfo histórico para la inclusión indígena
El equipo Mukí Sematí —que significa «mujer bonita» en tarahumara—, conformado por 10 jugadoras, hizo historia al conseguir la presea de plata en los recientes Juegos Maestros Indígenas, celebrados en Ottawa. Las atletas alcanzaron la final, donde se enfrentaron al representativo de Nueva Zelanda. Este logro no solo las convierte en las primeras mujeres rarámuris en ganar una medalla internacional en baloncesto, sino que también sienta un precedente fundamental para futuras generaciones.
Lorena Díaz, capitana del equipo y pasante en la carrera de derecho, enfatizó la trascendencia de su victoria: «Quiero que esta medalla sirva para inspirar a nuevas generaciones, que haya más gente que se preocupe por nosotros de manera sincera». Su declaración subraya la aspiración de que el éxito deportivo traduzca en una mayor atención y apoyo para su comunidad.
El génesis de Mukí Sematí: Más allá de la cancha
El proyecto de Mukí Sematí nació de la visión de Sergio Hernández, un experimentado entrenador de atletismo de alto rendimiento. Hernández, quien ya había participado con corredores en ediciones previas de los Juegos Maestros Indígenas, concibió la idea de un equipo inclusivo tras la designación de 2025 como el «Año de la Mujer Indígena» por la presidenta Claudia Sheinbaum.
La iniciativa buscaba impulsar a las rarámuris en disciplinas novedosas, combatiendo la explotación que, lamentó Hernández, han sufrido muchos corredores de las montañas. «Mucha gente se ha aprovechado», afirmó el estratega, «los llevan a competencias solo por un kilo de maíz y luego los abandonan. Es una lucha permanente para que se deje de abusar de ellos y tengan realmente lo importante: un reconocimiento en beneficio del deporte, porque la carrera es algo ancestral de ellos. Por eso, no debemos permitir ese tipo de explotación».
Inspirado también por el impacto de los niños triquis de Oaxaca en canchas internacionales, Hernández formó este plantel de basquetbol femenil rarámuri y contactó a Vanessa García, una entrenadora con trayectoria en el trabajo con comunidades indígenas.
De la resistencia ancestral a la estrategia moderna
La llegada de Vanessa García al proyecto fue crucial para la estructura del equipo. «Estaba sorprendida porque nadie había volteado a ver a esa comunidad y ellos también participan en torneos mestizos», narró la entrenadora. García destacó la particular estrategia del equipo: «Nuestra ventaja siempre fue la rapidez, la altura no, no traemos altura, había rivales de hasta 1.90 metros. Pero tuvimos esa unión, corazón, ganas y la estrategia».
La preparación de las Mukí Sematí se transformó de un entrenamiento lúdico a uno más formal, con una planificación rigurosa que incluía horarios de entrenamiento, descanso y alimentación. Vanessa García resaltó que «ahora somos parte de la historia como las primeras en ganar una medalla en basquetbol. Ya hay más muchachas de la comunidad inspirándose que quieren entrenar». Elena Cruz, una de las jugadoras, compartió su experiencia personal en este cambio: «En el primer juego en Canadá me sentí muy nerviosa, pero después dije, vamos a echarle ganas, vamos con todo. Sé que me falta mejorar muchas cosas, por eso quiero seguir entrenando». Este paso hacia la profesionalización no solo marcó su desempeño, sino también sus aspiraciones futuras.
El logro de Mukí Sematí trasciende la medalla, visibilizando el potencial deportivo de las mujeres indígenas y planteando un llamado urgente a garantizar su reconocimiento y protegerlas de cualquier forma de explotación. ¿Podrá este hito catalizar un cambio profundo en el reconocimiento y apoyo a los atletas indígenas en México?