La semana cierra para Morena —y particularmente para el cuatroteísmo caribeño— en medio de una turbulencia que tiene nerviosos a todos los grupos que buscan la gubernatura de Quintana Roo.
Todo está muy agitado y las cosas se empiezan a complicar desde arriba: el aparente choque entre la presidenta Claudia Sheinbaum y Andrés López Beltrán, secretario de Organización del CEN de Morena e hijo del fundador del Partido, Andrés Manuel López Obrador. Un conflicto que, más allá de deseos de la derecha, revela tensiones reales en la disputa por el control del movimiento.
A la par, la reforma electoral se ha convertido en otro frente de batalla. Las negociaciones con los aliados —especialmente con el PVEM— han reconfigurado equilibrios internos y han provocado sacudidas de alto nivel en el gabinete, incluida en la Secretaría de Gobernación.
Nada de esto es ajeno a Quintana Roo.
Aquí el tablero está partido en dos bloques cada vez más visibles: por un lado, el bipartito Morena–PVEM; por el otro, el llamado morenismo “puro”, que busca recuperar identidad y control político tras casi una década de alianza verdiguinda.
El problema es que la crisis nacional ha congelado definiciones. La sucesión de las 17 gubernaturas en juego sigue en pausa. Y mientras unos apuestan a que el Verde negociará al menos dos candidaturas como moneda de cambio —entre ellas la de nuestro Caribe—, otros ya hablan de un plan B que dejaría fuera tanto al senador Eugenio Segura como al titular de la ANAM, Rafael Marín.
Las aguas están agitadas… y las olas ya están golpeando con fuerza las costas de nuestros Caribe.









