Fotografía 1.- Plano de la Península de Yucatán. 1861. Mapoteca Orozco y Berra.
Por Gilberto Avilez Tax
¿De qué sirvió la Guerra de Castas en Yucatán? En 50 años hubo una autonomía, claro, ¿y después? Después…. De la economía de Yucatán que fue devastada por la insurrección, la Península sólo se recuperaría en el período henequenero, y lo que fue la región del «episodio azucarero», nunca jamás se recuperaría, ni aún en la bonanza del período del chicle, en los 20 y 30 del siglo XX.
De esa pírrica autonomía maya (los rebeldes cruzoob dependían, para avituallarse de todo lo necesario, directamente de los tratos comerciales con los ingleses del otro lado del Hondo, así como de sus saqueos a la zona de frontera, que puso en zozobra a la línea «civilizatoria» que corría de Peto a Valladolid), el posicionamiento del Estado a lo largo del XX vendría a difuminarla.
¿De qué sirvió la Guerra de Castas? En casi nada, la pobreza y exclusión social de los mayas de Quintana Roo y del Yucatán actual, así lo establece.
Después de que Bravo dejara el infierno quintanarroense, lo que es actualmente el estado de Quintana Roo comenzó a poblarse de turcos, de yucatecos…y vinieron los «nativistas» a decir: «nosotros somos ahora los amos del territorio». Vino el PRI, se fue el PRI y se encasqueta Morena en el poder, pero el clientelismo político a los supuestos herederos continua vía los pleitos internos entre ellos.
Después que terminó la última picada del chicle, llegó el turismo, y los mayas sirvieron como mano de obra barata y explotable hasta la actualidad, al punto de recrear su historia y cultura en la Xcaretización de la cultura maya y su correlato de la “Mayakanidad”.
¿De qué sirvió la Guerra de Castas? En casi nada, por no decir nada, si los mayas rebeldes, otrora gobernados por sí mismos, son gobernados por ya no digo mestizos, sino una clase, oligárquica, que proviene del centro del país y se parapeta en sus bunkers cancunenses.
¿De qué sirvió la guerra de Castas, si los mayas rebeldes, sus herederos, no cuentan con leyes indígenas creadas por ellos, sino con leyes «indigenistas» creadas en buffet jurídicos de Chetumal, y por abogados ladinos? En Quintana Roo, los derechos indígenas, ya lo dije una vez en una tesis lejana, son pura ficción jurídica creada por una clase política autoritaria y paternalista (las dos leyes en materia indígena, fueron creadas en el periodo más autoritario de Quintana Roo, en el del Chueco Villanueva Madrid, y modificadas apenas hace una década).
En la medianía del siglo XIX, esta insurrección no sólo indígena, fue una debacle para la economía yucateca de ese entonces. En la actualidad, lo que nos dejó la Guerra de Castas se divide entre movimientos políticos de reivindicación que no hacen mella a la sólida estructura racista del poder turístico-político Quintana Roo, pasando por movimientos culturales (literarios, turísticos), fundamentalismos étnicos y estudios históricos desde la a priori defensa del «indio romantizado» a lo Rousseau (es decir, «el buen salvaje»), y se obvia que la guerra de castas, en una perspectiva de larga duración, benefició a casi nada a la etnia rebelde, y en mucho a la clase política «revolucionaria» (un anacronismo bastardo) que hoy todavía gobierna en Quintana Roo, legitimados, étnicamente, por sus dignatarios hechos a modo de los caciques mestizos de Felipe Carrillo Puerto y la clase política blanca quintanarroense a nivel estatal.
Posdata: de la oficialización vacía de la Guerra de Castas en Quintana Roo
En un texto de hace seis años, donde abordé la “estatuafilia” y la “oficialización” de la Guerra de Castas en Quintana Roo, señalé cómo la clase política actual ha entendido ese largo conflicto étnico y agrario de la Península. Vale la pena rescatar estos pareceres:
“En un texto poco conocido del gran zapatólogo de Taxco, el desaparecido Francisco Pineda Gómez, este examina cómo el Estado nacional, a partir de 1920, concibió estrategias destinadas “a neutralizar la rebeldía, cooptar y disolver la Revolución del Sur con recursos como la Reforma Agraria y operaciones retóricas sobre la imagen de Zapata, así como sobre la historia de las luchas de liberación en México”. En esa historia de cooptación, de asesinato material y difuminación de la rebeldía zapatista, mediante toda una retórica muralista (Diego Rivera, Orozco), y hasta de producciones cinematográficas, Zapata no sólo fue desterrritoalizado,sino que también fue “reterritorializado en otro elemento, los muros altos del poder”.
“Pues bien, podemos decir otro tanto en cuanto a cómo el poder nacional y regional se ha valido de la Guerra de Castas para fijar algunas posiciones en la Península: desde los conflictos territoriales recientes en torno al punto Puut, hasta la forma como el gobierno carrancista utilizó la figura de un general, Francisco May, para agenciarse el control del Territorio hasta tiempos de Siurob (1929), “mexicanizando” esta parte agreste y selvática de la Península.
En un texto de hace unos años, apunte sobre el significado de Francisco May para la difuminación de la autonomía maya cruzoob: “El general Francisco May Pech fue, en efecto, un vendido: se vendió a Carranza, se vendió a los mexicanos, bajó la cerviz cuando tuvo que bajarla, fue el primer capitalista autóctono de esas tierras del centro de Quintana Roo, antes rebeldes, pero hoy solamente adocenadas a los intereses turísticos de la oligarquía cozumeleña y chetumaleña y la nueva oligarquía cancunense y de la Riviera maya. Podríamos reducir nuestro argumento contra May, diciendo que fue el Mario Villanueva maya de los primeros años del siglo XX quintanarroense, antes de que el gobernador Siurob dijera que no estaría dispuesto a compartir el poder central del territorio de Quintana Roo con ningún indio, y más cuando este indio se había vuelto en un “tirano de su propio pueblo”. Sobre este último tópico, Ueli Hostettler recogió una molestia del gobernador José Siurob del año de 1929, acerca de May: “Por lo demás –se quejaba Siurob-, en la región donde domina May, él pretende ser la única autoridad auxiliado por dos o tres secretarios mal intencionados o perversos, y cómo ha visto [May] que el Centro de la [nación le] le hace caso, cree que no necesita ya respetar al Gobierno Local, quejándose apenas cree que se trata de restarle en lo más mínimo en su poder… Por otra parte, es un fantasma la fuerza de este cacique, pues los propios indígenas están ya cansados de su opresión…”. Fue precisamente en el periodo de máxima explotación del chicle, bajo la égida capitalista de May, cuando se dio la escisión de los hermanos separados de X-Cacal Guardia, en el verano candente de 1929.
A la memoria de Francisco May, el estado regional lo integraría a su discurso en torno a lo maya, hasta el punto de rescatar su archivo que se encontraba en un pueblo de Yucatán (Oxcutzcab, de donde era originario el último de sus secretarios). La figura del General May entró al panteón de la legitimación de los grupos de poder cozumeleños y chetumaleños desde la década de 1980, sino es que antes, pues todavía algunos nativistas chetumaleños recuerdan cómo May y “los hermanos mayas de Felipe Carrillo Puerto”, ayudaron para “el combate político en contra del oprobioso régimen de don Margarito Ramírez”.

En anteriores artículos he tocado el tema de cómo se ha dado la relación entre el poder regional con lo que significa la Guerra de Castas. Para el caso de la Península toda, he establecido tres tiempos de ello: desde la execración de la “barbarie” indígena y la apología de la “civilización yucateca” (blanca) que campeó a lo largo del XIX y las primeras décadas del XX, pasando por el indianismo reivindicador con Carrillo Puerto y el indigenismo postrevolucionario a partir de 1920, y hasta desembocar en una especie de teatralización y vaciamiento discursivo de la Guerra de Castas a principios del XXI, donde la “oficialización” del poder en torno a ese conflicto agrario y de derechos del XIX, neutralizó, y al final hasta intenta “Xcaretizar” y poner en venta los suvenires y las rutas posibles de la Guerra de Castas para el “turista conquistador”.









