En Quintana Roo, sobre todo en Cancún, la memoria suele ser frágil.
Con el paso del tiempo, acontecimientos y personajes que marcaron el rumbo del estado y de la ciudad quedan casi en el olvido.
No hace tanto hubo un grupo de opositores que se atrevió a enfrentar al sátrapa Roberto Borge, uno de los gobernadores más autoritarios que ha tenido Quintana Roo y que aún enfrenta, aunque bajo prisión domiciliaria, procesos penales por presuntos actos de corrupción.
Fue una línea de resistencia casi heroica. Borge no solo contaba con una Fiscalía y un Poder Judicial a modo, sino también con un puñado de “periodistas” mercenarios encargados de atacar y difamar a quienes se atrevían a denunciar los abusos de su gobierno.
Los entonces panistas Sergio Bolio Rosado y Trinidad García Argüelles, así como los perredistas Julián Ricalde Magaña, Jorge Aguilar Osorio y Orlando Muñoz Gómez, quedaron expuestos más de una vez en el paredón mediático.
Pero a Roberto Borge se le acabó el tiempo y, como se dice ahora, se le borró la sonrisa tras siete años y siete meses de una gestión caligulesca.
Tras este oscuro trance, La historia pareció poner a cada quien en su lugar, aunque solo por un tiempo.
La esencia del borgismo terminó inoculándose en la llamada 4T de Quintana Roo, un híbrido político entre Morena y el PVEM.
Cuatroteísmo inoculado
Vale referir que el Verde lleva más de 20 años siendo gobierno en el estado, primero con el PRI, desde Joaquín Hendricks hasta Roberto Borge, y desde 2018 con Morena.
Si bien en muchas entidades federativas el PRD es la base de Morena, en realidad el perredismo aguerrido de Quintana Roo, que combatió a Roberto Borge, quedó fuera de la 4T-QR, con excepciones que confirman la regla.
Tras casi dos sexenios del último gobernador priista, Quintana Roo habría dado una vuelta de 360 grados —no de 180— y estamos otra vez ante las mismas canalladas, pero ya no de rojo.










