CANCÚN.- Con la muerte de Magaly Achach se cierra un capítulo sorprendente en la historia política de Cancún, en que la realidad superó la ficción y hasta cualquier pronóstico.
Formada en las entrañas del sistema, en los años del partido único, Achach rompió la solemnidad impostada del viejo régimen.
En las acartonadas maneras del PRI, ella introdujo cercanía, irreverencia y una forma distinta de entenderse con los poderes y, también, de ejercer el poder.
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A su estilo, los acuerdos no se sellaban en oficinas, sino alrededor de platos de puchero; las tensiones se desactivaban con humor, doble sentido y albures regionales.
En casa, en la zona fundacional de Cancún, no solo llegaron aspirantes a gobernadores. También degustaron puchero caliente y chistes picantes personajes como Carlos Salinas de Gortari y Luis Donaldo Colosio.

Magaly Achach fue pieza clave del engranaje corporativo: en el PRI servía, en el caso de Cancún, y se servía de obreros, campesinos, burócratas, taxistas y colonos.
Su liderazgo con el Frente Único de Colonos (FUC) no solo articuló demandas sociales legítimas en el Cancún en expansión de los años 80, sino que también funcionó como un eficaz mecanismo de organización, contención y movilización política al servicio del PRI.
Desde ahí construyó una red que lo mismo resolvía gestiones, repartía tierra o atendía necesidades básicas, que operaba electoralmente y tejía relaciones con las élites nacionales.
Era, en los hechos, un puente entre el poder central y ese “otro Cancún” que crecía a toda prisa.
Priista y joaquinista, Achach fue fundamental para mantener la estabilidad en un municipio en plena transformación. Su fórmula —gestión social a cambio de lealtad política— resultó, durante años, prácticamente infalible.

En más de una ocasión, el exgobernador Pedro Joaquín Coldwell no escatimó cumplidos a las lideresas de colonos.
El punto de quiebre llegó cuando dejó de ser solo operadora de votos y le tocó ascender al poder formal para convertirse en la primera alcaldesa del principal destino turístico de México y todo el Caribe.
Eran los años turbulentos del gobierno de Mario Villanueva Madrid, quien tensó al máximo la relación con el centro, creyendo posible imponer sucesor. Se le olvidó que el sistema tenía la regla de acero de que la última palabra aún se definía por el primer priista de la Nación.

La realidad fue otra. La sucesión se resolvió en Los Pinos y, en una jugada que reconfiguró el mapa político local, Joaquín Hendricks Díaz fue designado gobernador, mientras Magaly Achach se convirtió en candidata —y posteriormente en la primera presidenta municipal de Cancún.
Sin embargo, el contexto ya había cambiado. El sistema empezaba a resquebrajarse y se reflejó en aquella elección de 1999, dos años después de que el PRI dejó de ser mayoría en la Cámara de Diputados. Achach ganó por un margen mínimo frente a la candidata del PRD, Elba Capuchino, una activista de deudores hipotecarios.

A partir de entonces, la política en Cancún y en Quintana Roo dejó de ser la misma. La competencia electoral llegó para quedarse y los viejos mecanismos de control comenzaron a perder eficacia.
Magaly Achach encarnó, quizá como pocas figuras, esa transición: del corporativismo territorial al inicio de la pluralidad política. Su legado, con claroscuros, es inseparable de la historia del poder en Cancún.
Por Sergio Caballero









